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Carta al Cielo

Marinellie escribe un mensaje a su hermano Héctor Ferrer.

Humildemente les pido que reciban a mi hermano Héctor José con los brazos abiertos y le hagan llegar estas letras que con el corazón le he escrito…

Héctor José, sé que el umbral del cielo ya está accesible para ti y que te han recibido con gran celebración y regocijo. Me consta que lo hiciste caminando con la frente en alto y orgulloso de tu legado por este pedacito de tierra que tanto amaste y tu vida le regalaste. Me imagino que ya los abuelos te han recibido con gran exaltación ya que como tú ninguno existe, sin quitarle honores a Eduardo Enrique que es único también.


 Desde que naciste fuiste singular. Había en tu halo un resplandor peculiar, característico de un espíritu anticuado. Siempre evaluaste tus decisiones antes de hacerlas final, tanto así que escogiste nacer un Viernes Santo en medio de un Vía Crucis y desde entonces tu vida fue “jalda arriba”. Tuviste que ser bautizado en el hospital, pues los médicos nos dijeron que te encontrabas en difícil situación. Sin embargo, ese reto en tus inicios de vida no te detuvo y como bien dijiste: “nací así, un espíritu de lucha, un espíritu de guerra, de guerrero, de luchador,” y no te quitaste nunca. Así te recordaré y amaré por siempre.

Fuiste hijo, hermano, padre, tío, amigo, confidente, líder y hombre ejemplar. Comedido y prudente de palabra y acción, pues no gustabas de ofender a nadie sino por el contrario, siempre defendiste y ayudaste al más débil e indefenso, y como gran caballero te enfrentaste al opresor. Esa lucha te la impusiste desde pequeño, siempre fuiste mediador y defensor de causas por las que nadie se responsabilizó.  Abogado por naturaleza, aunque siempre pensábamos que serías sacerdote, pues nunca levantaste tu voz para ofender a nadie, aunque con firmeza y sensatez postulaste tu propósito. 

Fuiste desprendido de todo lo material, tanto así que ayudaste a los demás sin esperar nada a cambio. ¡Qué mucho me brindaste! Creciendo fuiste mi sabiduría y mi razón. Guardaste tan bien mis secretos que te los llevaste al cielo. Papi y Mami nos enseñaron bien. Nos enseñaron el respeto, la confianza y el honrar nuestras palabras y el siempre confiar el uno en el otro. Los tres (tú, Eduardo y yo) siempre fuimos un equipo ganador, ahora te toca guiarnos desde el Olimpo. 

Jamás podré olvidar cuando tolerabas regaños ajenos y nunca rompiste silencio. Mi gran cómplice de andanzas, mi segundo amor, porque Papi fue el primero, mi novio eterno, el que no le avergonzaba caminar agarrado de la mano de su hermana por el Viejo San Juan, el que me permitió bailar y cantar con él hasta el último momento. Juez tenaz e incansable de todas mis causas. ¡Cuánto me defendiste toda tu vida!

Por siempre recordaré los parques de pelota, tú jugando y yo gritando. Nuestras charlas en la noche cuando yo no podía dormir y te levantaba para que me escucharas…nunca reclamaste descontento. ¡Cómo te molesté por quedarte despierto estudiando en la biblioteca y por leer la enciclopedia como pasatiempo! 

Me regalaste el honor de amadrinar a tu hijo mayor y me regalaste otros dos amores. Siempre te manifesté y te aseguré que tus hijos eran míos y hoy te guardo esa promesa. Sé que esperaste por mi llegada y fuiste tú el que me brindó fortaleza y me dio esperanza. Seguiré entrenando en esto que llamamos vida y trataré de cruzar la meta victoriosa como tú lo hiciste, Ironman.

Mi corazón se siente afligido porque en vida no lograste ver lo que tanto anhelabas, tu quimera de unir ideologías políticas, a “tu gente,” a “tu pueblo” sin importar las esferas sociales. Quiero que sepas que tu deceso lo convirtió en realidad. Todos caminaron, rieron, cantaron y amaron contigo escoltado por una monoestrellada monumental y una lluvia de pétalos blancos. Veo un rayo de esperanza para nuestra patria si nos unimos en una causa común. Siempre luchando sin detenernos, derrumbando obstáculos por el bienestar de nuestro pueblo puertorriqueño.

La vida nos vuelve a separar, esta vez sin certeza de cuando volveremos a vernos, aunque todavía recuerdo tu susurro “vete tranquila que te veo pronto.” Puerto Rico pierde un luchador incansable de sus derechos como pueblo y yo pierdo un ser que ha iluminado mi vida. No existen palabras en este universo que puedan describir el dolor y el vacío inmenso que siento. Siempre serás “my sunshine”. Con tu partida física se fue parte de mi corazón, una parte de mi vida que nunca podré reemplazar, pero me siento privilegiada de haberte llamado hermano. ¡Cómo te voy a extrañar! 

Vuela alto Héctor José. Te Amo, Tata

Héctor Ferrer (1970-2018) líder de nuestra comunidad que debutó como pelotero en el equipo de Cupey. Abogado, político y profesor que abogó por el deporte y la juventud. Nuestras condolencias y más sentido pésame para su familia y allegados.


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